Hace poco, se presentó  La Guía Laboral Hays 2013. De entre toda la interesante información que suministra, quiero resaltar un dato de especial relevancia: supuestos los conocimientos y la experiencia necesaria para aspirar a un puesto de trabajo cualificado, lo que más se valora en los procesos de selección son las competencias personales. Es decir, las características personales de los candidatos que guardan relación con el tipo de puesto de trabajo: capacidades, habilidades, rasgos de personalidad, conocimientos…  Todas ellas influyen en el desempeño y marcan la diferencia entre unos y otros candidatos. Son competencias como la integridad, la capacidad de aprendizaje y adaptación, los idiomas, la creatividad, la capacidad para trabajar en equipo… Y si son tan decisivas, como realmente lo son, la pregunta es inevitable:

¿Cómo se adquieren y desarrollan las competencias personales?

Con un motor potente: la Inteligencia Ejecutiva; es decir, una inteligencia de carácter instrumental que opera con cuatro herramientas esenciales de la razón: orden, constancia, voluntad y motivación.

Como afirma el psiquiatra Enrique Rojashablamos de los ingredientes que tiran, empujan, arrastran y ponen en marcha lo mejor de nosotros mismos.”  Se activan cuando la persona sabe lo que realmente quiere; cuando ha encontrado un propósito claro y definido.

Empezamos por el orden. Según lo describe Enrique Rojas “orden es un término universal, en cualquier idioma que escojamos (inglés, español, francés, alemán, italiano, griego o latín). Su significado es el mismo: lo recto, lo correcto, la disposición adecuada que constituye un todo y el orden tiene muchos matices que se abren en abanico formando un espectro enormemente interesante:

  • Orden en la cabeza. Esto quiere decir saber a qué atenerse, tener unos criterios coherentes y saber priorizar lo adecuado de lo que no lo es. Lo que es importante, lo que es secundario, lo que es anecdótico, lo primero es lo primero.
  • Orden en el tipo de vida: saber planificar, evitar la improvisación, saber distribuir correctamente el tiempo para sacarle partido, sin orden nunca saldrán nuestros planes. No confundir el término actividad con activismo, el primero es una labor callada, lenta, sucesiva, de resultados graduales y menos ruidoso. El segundo es ir de aquí para allá pero con poco fruto, más cara a la galería que a la productividad y a la eficacia. En el joven hay un caballo de batalla en este sentido: el estudio, aprender a estudiar y a sacarle rendimiento a las horas.
  • Orden en la habitación que uno tiene, en su despacho u oficina, en las cosas que uno maneja a diario. Entrar en el despacho de una persona es como un retrato psicológico.

Cualquier orden que se precie surge de una cabeza bien sistematizada, tener orden por dentro no es cualquier cosa: es el placer de la razón: la serenidad, el sosiego, la paz exterior e interior. Su hábito es mas fácil que arraigue si se empieza desde joven.

También es necesario priorizar los objetivos. Tener pocas metas y bien delimitadas e ir a por ellas. Tener las cosas claras evita la dispersión y ayuda a planificar las cosas a corto y medio plazo.

Ser ordenado tiene unos efectos muy beneficiosos para la personalidad: paz exterior e interior, alegría como resultado de un tipo de vida y de un esfuerzo trabajado sin desaliento. Y eficacia: el tiempo se multiplica y se llega a más cosas.

El orden facilita el cuidado de los detalles pequeños. Finalmente convierte a una persona en alguien más libre y responsable.”

En las próximas entradas continuaremos hablando de los cuatro ingredientes constitutivos de la Inteligencia Ejecutiva según el pensamiento de Enrique Rojas. El siguiente tratará sobre la constancia.

Pero ahora escuchemos al General Stanley McChrystal como nos explica el poder del  liderazgo para crear orden  en torno a un propósito definido.