Hace unos días fui invitado a una conferencia impartida por el multifacético escritor Alex Rovira en ESADE-Madrid. “La Brújula Interior”, “La Buena Suerte”, o la “La Buena Crisis” son algunos de sus libros más populares. Millones de ejemplares de su obra se han vendido por todo el mundo y hoy es, sin lugar a dudas, uno de los autores de referencia para aquellos que buscan iluminar la vida con luces de sentido. A lo largo de dos horas Alex respondió, con inteligencia y profundidad, a la pregunta que daba título a su conferencia:“Cómo te puedes reinventar y transformar? La buena crisis, la revolución de la consciencia.” Quizás el momento más emotivo de su poderosa intervención tuvo lugar cuando nos mostró varias imágenes de Dick Hoyt y su hijo Rick; el “Team Hoyt” como a ellos mismos les gusta llamarse. Os los presento.

Terminada la conferencia, conducía hacia mi casa abrumado por la explosión de ideas con las que Alex nos había sacudido. Pero en el centro de mi torbellino mental, la imagen de Dick tirando de su hijo persistía con fuerza y en primer plano. Recordaba como, años atrás, un buen amigo me habló de ellos. Los descubrió realizando la prueba “Ironman”, la más dura del triatlón: 3.800 m. de natación, 180 km. de ciclismo y 42,2 km de carrera y, todo ello, con un límite de tiempo de 17 horas. Cuando los vi en YouTube quedé conmovido. Pensé en Dick, en su fortaleza interior, en su perseverancia y entrega, en su extenuante dedicación para integrar a su hijo con parálisis cerebral en un mundo que no estaba planeado para él.

Al llegar a casa, lo primero que hice fue entrar en YouTube y buscarlos de nuevo. ¿Qué habrá sido de ellos durante este tiempo?, me pregunté. Un video captó mi atención. Una periodista, en uno de esos programas de entrevistas, leía unas palabras que otro padre dirigía a Dick:

-“Escribo esto porque soy padre y me avergüenza no haber sido como tú, Dick. He sido más egoísta que desinteresado. No he estado “corriendo” con mi hijo de la manera que él quería. Ayer empecé a dejar de ser yo y empecé a ser el padre de mi hijo. Se lo agradezco señor.”

La periodista finalizó la lectura del mensaje y, dirigiéndose a Dick, le preguntó:
-¿Escuchas esto una y otra vez?
-Lo hago, sí. Respondió.
-¿Te toca cada vez?
-Lo hace, si. En ese momento Dick, a punto de derrumbarse, contuvo la emoción.

La historia de este padre extraordinario tiene dos caminos. El primero de ellos lo emprendió cuando decidió pelear por su hijo. Tenía entonces 22 años cuando el pequeño Rick vino al mundo con un diagnóstico fatal: anoxia (falta de oxígeno en el cerebro). El cordón umbilical atado al cuello provocó la tragedia. Resultado: discapacidad total, mental y física. No podrá andar, no podrá hablar, no podrá mantenerse erguido, no podrá comprender, no podrá hacer… nada. Para los médicos Rick era… un vegetal. Asearlo, vestirlo, alimentarlo,… ; eso era lo único que podían hacer por él. Pero Dick y su mujer no hicieron caso. Decidieron tratarlo como si tuviera el cerebro de un niño normal. Llenaron la casa de notas escritas. Cada objeto fue identificado por medio de una nota adhesiva: mesa, reloj, vaso, televisión, silla,… Fijaban su atención en cada objeto y se lo repetían una y otra vez. Rick no respondía. Tan solo algún gesto difícil de interpretar: el esbozo de una sonrisa, una mirada perdida, algún movimiento rítmico y espasmódico,… Pero Dick y su mujer no perdieron la esperanza. Continuaron adelante enseñándole a leer, enseñándole las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Nada, Rick parecía ausente.

Fue a los 11 años de edad cuando un sicólogo amigo consiguió que Rick probara un equipo similar al de Stephen Hawking. Básicamente se trataba de un ordenador con una pantalla y un ratón que podía moverse con la cabeza. El sicólogo transmitió a Rick la siguiente instrucción:
-Apoya aquí tu cabeza. Verás unas letras en la pantalla. Si nos entiendes da un golpe para elegir cada letra.
Un golpe. Otro. Y otro más… así hasta completar: “¡Go Bruins”.

Con estas palabras de ánimo a su equipo favorito, Rick demostró al mundo que el esfuerzo titánico de sus padres había merecido la pena. Los médicos y psicólogos declararon que Rick era inteligente y que entendía lo que sucedía a su alrededor. Un mundo de posibilidades se abrió ante él. Salir a correr arrastrado por su padre fue solo el principio.

El segundo camino de Dick es el camino del alegato. Tenía 40 años cuando comenzó a entrenar para competir en la Ironman. Esta prueba le exige tirar de su hijo; un peso de 55 kg más 15 kg del dispositivo de arrastre. La bicicleta la creo y mejoró él mismo. Tenía fobia al agua; pero aprendió a nadar por su hijo. Lo coloca en la Zodiac, le pone los arneses, se cruza dos correas por la espalda, deja que todos los atletas salgan primero para que nadie golpee a su hijo, los deja pasar y empieza a nadar. Llega en el primer cuartil de los de más de 50 años. La Ironman supone casi un día entero de ejercicio. En la competición nadie les ayuda. Hasta el año 2005 han realizado esta prueba ¡6 veces!

La imagen de Dick empujando a su hijo es la culminación de un propósito vital; una expresión de conquista; la convicción heroica de un padre y un hijo sobre los límites de lo posible.

Lo cierto es que Rick logró un Grado académico de la Universidad de Boston en Educación Especial. En la actualidad diseña aplicaciones informáticas para robots que asisten a personas con discapacidades severas.

¿Cuánto eres capaz de arrastrar por alcanzar tu propósito en la vida? ¿Quieres tirar de ello? Te cuesta, ¿verdad? Quizás te ayude pensar cuantas personas dependen de tu decisión; de tu consagración y sacrificio: ¿alguien de tu familia, tus compañeros, algún amigo,…? Dick Hoyt, su vida, es el alegato de un hombre que decidió transformar su vida para salvar a su hijo de las limitaciones que otros le atribuían. ¿Y tú…? ¿No tienes nada que “salvar”? ¿No…? ¿Seguro que no…? BÚSCALO. Está en juego el sentido de tu vida. ¡Despierta! ¡Levántate! Una persona se mide por la altura de su propósito. ¿Cuál es el tuyo?