¿Mis emociones son neutras o tienen alguna influencia en mi organismo? Por ejemplo, mi convicción sobre lo que es posible, ¿puede afectar a mi organismo? 

“El doctor Bandura, catedrático de Psicología de la Universidad de Stanford, (…) invitó a una serie de jóvenes a participar en una experiencia. Se buscaron grupos homogéneos, que compartían un cociente intelectual y una preparación académica similar, para eliminar variables que hicieran más difícil medir algunos resultados. Bandura, en la parte inicial del experimento, les pidió que metieran las manos en unos tanques llenos de agua muy fría. Se cronometró con precisión el tiempo que cada participante aguantaba el dolor sin sacar la mano del agua. Posteriormente se dividió a los estudiantes en dos grupos y a cada uno de ellos se les situó en salas diferentes. En cada estancia se encontraban los mismos problemas de matemáticas para que los solucionaran ambos grupos. Solo existía una diferencia, los colaboradores de Bandura en una de las salas tenían la misión de hacer que los estudiantes se sintieran capaces de resolver los problemas, mientras que en la otra estos tenían que actuar de manera contraria,  hacer sentir a los estudiantes que eran incapaces de dar una respuesta a los problemas. Todos sabemos que unos simples comentarios e incluso una forma de mirar pueden transmitir mensajes de confianza o desconfianza. Los resultados que Bandura buscaba no eran los obvios que se obtuvieron, es decir, que los estudiantes que se sintieron capaces resolvieron mucho mejor los problemas de matemáticas que los que se veían incapaces. Lo que se buscaba demostrar era muchísimo mas sutil. Terminada la parte de los problemas de matemáticas, se llevó de nuevo a los estudiantes a los mismos tanques de agua muy fría para que volvieran a meter sus manos en ella y poder calibrar cuanto tiempo aguantaban el dolor sin sacar la mano del agua.Aquellos que se sintieron capaces de resolver los problemas de matemáticas aguantaron mucho mas tiempo que antes y un tiempo muy superior al que habían aguantado los que se habían sentido incapaces de resolver los problemas. Lo que Bandura y su equipo demostraron fue:

  1. “que, cuando uno se siente capaz de hacer frente a un desafío, su organismo empieza a producir unas sustancias llamadas neuropéptidos que no solo son potentísimos analgésicos, lo que explica que los estudiantes que se sintieron capaces de resolver los problemas aguantaran mucho mas tiempo en el agua helada,
  2. qué además esos mismos neuropéptidos tienen la capacidad de anular la reacción de distrés.”

( Mario Alonso Puig. VIVIR ES UN ASUNTO URGENTE. Ed. Aguilar. pag 43 y 44)

La confianza en mis posibilidades genera la química que necesito -los neuropéptidos- para  enfrentar los desafíos de la vida.

¿Qué quiere esto decir…? Sin tener en cuenta situaciones patológicas, una persona “normal”, como tú y como yo, ¡podemos elegir la química de nuestras emociones! ¿Cómo? Continuando con esta misma emoción -con la confianza-, en primer lugar, precisemos. Confianza…, ¿ante qué o ante quién? Hablar de confianza en sentido abstracto no sirve de nada, hay que concretar: ¿confianza en uno mismo o confianza en los demás?, ¿confianza ante un auditorio?, ¿confianza para tratar con desconocidos?, ¿confianza en superar un examen?, ¿confianza en mi equipo?, ¿confianza en mi jefe?, ¿confianza en la intervención quirúrgica?…

En segundo lugar, una vez identificada mi necesidad concreta de confianza, iniciamos un proceso de entrenamiento. Es decir, iniciamos un camino que nos ha de llevar a un resultado esperado. Y, como todo entrenamiento, necesita de mi esfuerzo. Veamos tres modelos de entrenamiento:

  • El modelo “tírate a la piscina”. Tienes miedo, es igual hazlo. Que no sabes nadar, tírate al agua. Que no sabes vender, vende. Que tienes miedo a hablar en público, es igual mañana harás la presentación. Que no sabes como hacerlo, empieza.
  • El “evocador”. Recuerda… Recuerda aquel momento en el que viviste aquella situación con auténtica confianza. Recuerda… ¿qué ves? ¿cómo lo ves? ¿qué oyes? ¿cómo lo oyes? ¿qué dices? ¿te diriges a alguien? ¿cómo se lo dices? ¿te dices algo a ti mismo? ¿qué te dices? ¿cómo te lo dices? ¿qué sientes? ¿cómo lo sientes? Se trata de descomponer la estructura de la confianza, (al menos tal  y como la entendemos por experiencias anteriores) para integrarla en la nueva situación que quiero vivir.
  • Y el “modelador”. ¿A quien conoces que viva con la confianza con la que tú quieres vivir? Piensa en alguien quien admiras por esa cualidad. ¿Lo tienes…? Pues cópialo: ¿cuáles son sus ideas, sus valores, sus convicciones sobre lo que es posible?, ¿cómo habla, cómo se expresa? ¿qué dice exactamente?, ¿cómo vive las situaciones de cada día?, ¿cómo viste?, ¿cómo mira?, ¿cómo escucha?, ¿cuál es su “centro”, su “motor”, su “ideal”… Después…, hazlo tuyo.

Yo soy partidario de combinar los tres modelos, pero he de reconocer que el que más me gusta es el “tírate a la piscina”. Es duro, pero si se hace en situaciones controladas y de forma persistente funciona. Si además hacemos un mix con el “evocador” y el“modelador” el triunfo está asegurado. En pocas semanas habremos adquirido la confianza que queremos. Demos las gracias a las hermanas neuronas. Ellas han reconocido nuestra capacidad y nos han dado todos los neuropéptidos que necesitábamos. Sin ellos, la confianza no sería una emoción.