El pasado 18 de enero leía en el periódico La Razón un extenso y altamente recomendable artículo de David Sarías, Profesor de Historia en la Universidad CEU San Pablo, sobre la filosofía política de Winston Churchill. A pie de página y destacada aparecía escrita una cita atribuida al estadista británico:

El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles, sino importantes”.

Ciertamente, su diagnóstico supera cualquier tiempo. En materia de vanidad mantenemos los mismos registros de nuestros abuelos.

En dicho artículo, de su espectacular biografía, se destacaba un premio singular: el Premio Nobel de Literatura. Era el año 1953. Aunque le hubiera gustado recibir el galardón por su contribución a la paz, la academia sueca quiso destacar su aportación literaria, especialmente por “su maestría en la descripción histórica y biográfica, tanto como por su brillante oratoria, que defiende exaltadamente los valores humanos”.

En su brillante y emotivo discurso dirigido a la Cámara de los Comunes el 13 de mayo de 1940, después de reemplazar a Neville Chamberlain como primer ministro, podemos encontrar algunas de las razones de este merecido reconocimiento. Sus palabras se sitúan en el contexto de la batalla de Francia, ocho meses después de haber comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas aliadas estaban experimentando continuas derrotas frente a la Alemania nazi:

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“Debemos recordar que estamos en las fases preliminares de una de las grandes batallas de la historia, que nosotros estamos actuando en muchos puntos de Noruega y Holanda, que estamos preparados en el Mediterráneo, que la batalla aérea es continua y que muchos preparativos tienen que hacerse aquí y en el exterior. En esta crisis, espero que pueda perdonárseme si no me extiendo mucho al dirigirme a la Cámara hoy. Espero que cualquiera de mis amigos y colegas, o antiguos colegas, que están preocupados por la reconstrucción política, se harán cargo, y plenamente, de la falta total de ceremonial con la que ha sido necesario actuar. Yo diría a la Cámara, como dije a todos los que se han incorporado a este Gobierno: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas».

Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos, largos meses de combate y sufrimiento. Me preguntáis: ¿Cuál es nuestra política?. Os lo diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política.

Me preguntáis; ¿Cuál es nuestra aspiración?. Puedo responder con una palabra: Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia. Tened esto por cierto; no habrá supervivencia para todo aquello que el Imperio Británico ha defendido, no habrá supervivencia para el estímulo y el impulso de todas las generaciones, para que la humanidad avance hacia su objetivo. Pero yo asumo mi tarea con ánimo y esperanza.

Estoy seguro de que no se tolerará que nuestra causa se malogre en medio de los hombres. En este tiempo me siento autorizado para reclamar la ayuda de todas las personas y decir: «Venid, pues, y vayamos juntos adelante con nuestras fuerzas unidas».

Churchill no engañó a los británicos, al contrario, los preparó para un largo periodo de guerra que afectaría incluso a su propio territorio. Decir la verdad, saber explicarla y gestionar las emociones de todo un pueblo es algo propio de líderes que no buscan su propia importancia, sino ser de utilidad para aquellos que están obligados a servir.

A continuación podemos ver un antiguo documental del Canal de Historia que relata la biografía de Churchill. Algunos recordarán los tiempos del Nodo en España, pero conviene liberarse de prejuicios estéticos y disfrutar de las numerosas secuencias en las que se aprecia el peculiar estilo del celebre primer ministro británico.