Javier, mi flamante yerno, llegó entusiasmado de Teléfonica. Todo un ingeniero de telecomunicaciones asombrado por el resultado de una dinámica de grupo en la que había participado junto a sus colegas. Se trataba de la famosa “barra de helio”.

El ejercicio es muy simple, pero muy revelador. Dos equipos, enfrentados entre sí, tienen que sostener una barra larga, delgada y ligera con el dedo índice de sus manos. Cada miembro del equipo debe permanecer de pie y la barra ha de situarse a la altura del pecho de la persona más alta. El objetivo: hacer bajar la barra hasta el suelo, entre todos, sin que los dedos pierdan el contacto con la barra. Fácil, ¿verdad? Pues no señor, no lo es. Veámoslo:

Que nadie se engañe, la barra no contiene helio. El secreto (no se lo digas a nadie) está en la presión colectiva creada por los dedos de todos, una presión que tiende a ser mayor que el peso de la barra. Como resultado, por más que el grupo lo intenta, la barra tiende a “flotar” y subir hacia arriba.

¿Qué consecuencias podemos extraer de este entretenimiento en relación con el ejercicio del liderazgo? Yo destacaría una, la más importante en mi opinión. Tiene que ver con el poder de un equipo bien liderado para enfrentarse al desapego y la desafección que hace de los retos tareas pesadas e inalcanzables.

La clave está en el contacto. Los miembros del equipo son cada uno de los dedos índice. El objetivo es la barra.

Un equipo puede hacer que un objetivo sea “ligero” y asequible en la medida en que todos sus miembros, TODOS, estén alineados y “en contacto” directo con dicho objetivo; si cada uno de ellos aporta su imprescindible “dedo índice”, su particular talento.

Ese es el gran secreto que permite levantar cualquier “barra de helio”.