Hoy ha sido uno de esos días “completos”: revisar el correo electrónico, una videoconferencia de esas que podríamos llamar eufemísticamente… ¿”participativa” quizás…? A continuación una presentación de una jurista británica en inglés – “of course”–.  Otra videoconferencia –más “participativa” aún– , una comida rápida, llamadas de teléfono, más correo electrónico, temas pendientes,… Cuando llegas a casa –¡tu bendita casa! – estás rendido. Bostezas, cierras los párpados… Parece como si las pilas estuvieran, poco a poco, agotándose. Entras en el estudio –la cueva que todo hombre debe tener–, te sientas en el sillón, sigues bostezando, y, sin querer, fijas tu mirada perdida en la bicicleta elíptica que tienes pegada junto a la librería. Una de esas bicicletas sin sillín diseñadas para mover acompasadamente los brazos y las piernas. Y la miras como diciendo: “¡De qué vas… ¿Hacer ejercicio….? ¡Estás “flipao”… ! Ahora, de verdad, ¿sabes que me apetece…? Cerrar los ojos y dormir.

No me acuerdo como sucedió, pero poco después me encontraba sobre la bicicleta. Agarré las barras y medio sonámbulo comencé a pedalear. Pasaron treinta minutos y era otra persona. La energía había vuelto. Me sentía despejado, con ganas de hacer cosas.

Tan solo medía hora de ejercicio aeróbico había bastado para cambiar mi estado de ánimo.

Por un momento recordé aquella dinamo que alimentaba la lámpara de mi vieja bicicleta roja -una de tantas bicicletas BH plegables que se pusieron de moda en los 70s-. Aquella pequeña dinamo producía energía cuando rotaba por el contacto con el neumático. La dinamo parada era inservible; como lo era yo antes de hacer ejercicio.

La importancia de la fisiología sobre el estado de ánimo es una de las claves del entrenamiento emocional. Si me encuentro cansado y abatido y quiero sentirme enérgico y pletórico, no hay nada más fácil e inmediato: actuar sobre la propia fisiología. Como decía Dale Carnegie: actúa con entusiasmo y serás entusiasta”. Suena voluntarista, ¿verdad? Puede ser, pero… ¡funciona! ¡Pruébalo! Cambia tu postura: si estás sentado levántate. Cambia tu respiración: si es rápida y superficial, conviértela en lenta y profunda. Estira tu cuerpo: si estás encogido, extiende tus brazos, ponte erguido, estira el cuello, levanta la cabeza, mira al frente…

Éste es el procedimiento más radical para cambiar un estado emocional: cambiar la propia fisiología.

Que se lo digan a los actores, a los de teatro, especialmente. Cuantas veces han sufrido desgarros emocionales incluso horas antes del comienzo de una representación: el fallecimiento de un ser querido, una llamada telefónica indeseada,… Cuantas veces se han presentado sobre el escenario enfermos: con fiebre, con un dolor agudo insoportable,… A pesar de ello, siempre se les ha oído ese grito combativo capaz de superar cualquier dolor: “¡¡Qué el espectáculo continúe!!” Ya habrá tiempo para curar las heridas. Ya habrá tiempo para ordenar los sentimientos. Ahora es tiempo… de actuar.