El otro día volví a escucharla: “¡Un pensamiento alegre y podrás volar!” Era el grito de Campanilla (Julia Roberts) dirigiéndose al cuarentón Peter Pan (Robin Williams) en la película “Hook. El Capitán Garfio”: “Son tantos los recuerdos tristes…” –dice Campanilla– que a Peter le cuesta encontrar un pensamiento “alegre”. Cuando cree que lo ha encontrado empieza, poco a poco, a levitar, pero… el pensamiento no parece lo suficientemente “alegre” y, en cuestión de segundos, cae al suelo. Pero cuando lo encuentra, cuando de verdad lo encuentra… ¡Vuela! A Peter Pan los pensamientos alegres le permiten volar ¿Y yo? ¿También podría “volar” con un pensamiento “alegre”? Campanilla conocía dos secretos:

Primer secreto: un pensamiento siempre está asociado a una emoción.

¿Cuáles son mis pensamientos habituales? ¿Despiertan mi alegría o me adormecen en la tristeza? ¿Me espolean con nuevos desafíos o me congelan en el escepticismo? ¿Me levantan o me derriban? ¿Me fortalecen? ¿O me debilitan?

Segundo secreto: puedo elegir lo que pienso.

Es cierto que el comportamiento de otras personas afecta a mis sentimientos. El comportamiento genera emociones y las emociones son contagiosas. Pero yo no soy mis estados de ánimo. Yo no soy mis sentimientos y tampoco soy mis pensamientos. Mi conciencia me capacita para “pensar en lo que pienso” y abre las puertas del autocontrol. En palabras de Daniel Goleman, “quienes se hallan a merced de sus impulsos -quienes carecen de autocontrol- adolecen de una deficiencia moral porque la capacidad de controlar los impulsos constituye el fundamento mismo de la voluntad y del carácter”. Por eso, Campanilla sabe que, también a mí, puede gritarme: “¡Un pensamiento alegre y podrás volar!” Puedes hacerlo. Decídelo. Elígelo