-Juanito es insoportable. No hay quien le aguante. ¡No puedo con él! Me ha salido tonto. Es un inútil. No hace más que ver la televisión.

Aparentemente, no es más que el desahogo de una madre -o un padre-, pero es mucho más: es veneno. Refleja un síndrome que he bautizado como “el mal del geranio”. ¿Qué quiere decir con eso de… “me ha salido”? Es como si hubiera plantado una semilla y le hubiera salido un geranio. Y ya está. Se acabó. Este es mi geranio, es el que me ha tocado. Tu tienes el tuyo y yo tengo el mío. Es cuestión de suerte. El mío es rojo y el tuyo es blanco. Punto. No hay más. Si te gusta genial. Si no te gusta ajo y agua. Resignación.

Algunos padres intentan hacer algo. Dicen que abonan y riegan el geranio. Pero el geranio sigue creciendo feo y deslucido: los colores apagados, las hojas pequeñas y el tronco esmirriado. No saben que hacer y terminan diciendo eso de “¡No puedo con él!”

Bien. Entonces… ¿Hay alguna solución? ¿El “mal del geranio” tiene antídoto? Lo tiene, pero… no se cura con una técnica, es algo más profundo. Tiene que ver con dos grandes preguntas:

  • Primera pregunta: ¿Cuál es la imagen que tengo de mi hijo? De verdad… Sinceramente… Tómate tu tiempo y escríbelo en un par de líneas.
  • Segunda pregunta: ¿Cuál es la imagen que tengo de mí mismo? ¿Cómo te ves? No como crees que te ven los demás. Haz tu autorretrato

La respuesta a esta última pregunta es tremendamente reveladora porque lo que yo soy  –no lo que yo creo que soy– moldea la imagen que tengo de mi hijo. Lo digo de otra forma:

NO VEO A MI HIJO COMO ES, VEO A MI HIJO COMO YO SOY.

Y lo bueno es que esta reflexión se pueden aplicar en cualquier ámbito de nuestras relaciones: ¿Qué imagen tengo de mi mujer? ¿Qué imagen tengo de mi marido? ¿Qué imagen tengo de mi jefe? ¿Qué imagen tengo de mis colaboradores?… Todas ellas están condicionadas por una imagen superior: la imagen que tengo de mi mismo.

Y hablando de imágenes. Como se suele decir… una imagen vale más que mil palabras. Así que, antes de continuar, veamos el siguiente corto. Es realmente bueno: “El Circo de la Mariposa”. Está dividido en dos partes. Luego continuamos.

 

 

El Sr. Méndez no ve lisiados apestosos, ve personas. No ve inútiles, ve gente valiosa; gente con un talento innato que solo hay que despertar. El Sr. Méndez no ve la superficie; lo que todos pueden ver. Él ve más allá. Ve en lo profundo. Ve la belleza que se oculta a los cretinos y se revela a los limpios de corazón.

Pero para ver lo que ve el Sr. Méndez hay que ser como el Sr. Méndez. Repito, hay que ser.

Y para empezar a SER, con letras mayúsculas, como éstas, lo primero de todo es empezar por descubrir mis motivaciones más íntimas. Por ejemplo: ¿Por qué hago las cosas así y no de otra manera? ¿Cuáles son mis intenciones? ¿Qué me mueve? ¿Qué espero conseguir con este comportamiento concreto?

Sólo cuando vea en mí lo que detesto de los demás, sólo cuando vea en mí lo que aprecio de los demás… Sólo cuando vea serenamente mi propia imagen, sólo entonces podré ver algo más que el barniz superficial que recubre a las personas.