La voluntad es… “¡TONTA!”. La voluntad necesita de la inteligencia; decide por la inteligencia. Se trata de un proceso cognitivo en el que, una vez que conceptualizo o etiqueto un sentimiento, una persona, un comportamiento o un acontecimiento, en ese momento, la voluntad siempre va detrás.

Las emociones no son más que señales. Como interpreto esas señales depende, fundamentalmente, del uso de mi inteligencia.

Si creo que el responsable de todos mis males es “otro”: la empresa que me ha despedido, el banco que no quiere concederme el crédito, el gobierno incompetente, la crisis financiera y especulativa, … si mi inteligencia interpreta lo que pasa con este mapa de la realidad, las consecuencias son impredecibles.

Si tengo que hacer una tarea que me provoca sentimientos de rechazo y la conceptualizo como insoportable, mi voluntad se acompasará con acciones sin energía. Pero si etiqueto esa misma tarea, esa persona, ese acontecimiento otorgándole un sentido útil y constructivo, mi voluntad emprenderá acciones orientadas a cumplir con ese nuevo significado.

Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio inviolable en el que reside el don de mi libertad interior. Es en ese lugar sagrado donde interpreto la realidad y decido mi acción.

Una motivación potente, capaz de superar los obstáculos de la vida, necesita también de un mapa preciso y completo, con referencias poderosas y opciones flexibles. Un mapa que ofrezca información práctica para localizar el propósito de mi vida; que señale con claridad donde están las vías que me conducen a mi propósito y donde están las carreteras secundarias que me desvían hacia lo accidental. Un mapa que jerarquice; que ponga orden y claridad en mis ideas y en mis convicciones. Sin un mapa de este tipo la inteligencia, ensombrecida y confusa, no hace más que zarandear a la voluntad.

En algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido desvalidos ante la adversidad y hemos reaccionado con ira.

¿Cómo hemos reconducido la infelicidad? Quizás, sin darnos cuenta, hemos actualizado el significado de la realidad. Siempre ha sido así. En la película “Doce hombres sin piedad”, Henry Fonda no se queda en la superficie. Cuestiona la precipitación con la que el resto del jurado quiere emitir su veredicto. A lo largo de la película descubrimos como los “mapas” filtran la percepción de los hechos y como las preguntas son las que dirigen la inteligencia hasta desembocar en la duda razonable de los doce miembros del jurado.