Desde hace años llevo en mi cartera un pequeño calendario del año 2005. Por un lado lleva los doce meses del año. Por el otro, la ilustración de un inocente payaso que, pegado al fogón de una cocina, acerca a su boca una cucharada de sopa recién hecha. Arriba a la izquierda, con letras rojas e infantiles, está escrita la siguiente cita atribuida a León Tolstoy:

“El secreto de la felicidad no es hacer aquello que se quiere, sino querer aquello que se hace.”

Cuando encontré la estampa decidí obligarme a verla todos los días; quería que su mensaje me calara hasta hacerse mío.

La vida nos ofrece dos categorías de situaciones. Por una lado, las situaciones que he decidido vivir y por otro, las situaciones que me toca vivir. En la primera categoría está la elección de mi equipo de futbol favorito, los exámenes que apruebo o suspendo, el tipo de comida con la quiero alimentarme, la música que quiero escuchar, los libros que leo y cuantos, si hago o no ejercicio físico, las películas que veo, los amigos que frecuento,… En la segunda categoría están las situaciones del tipo si llueve o hace sol, si hace frio o calor, si es lunes o sábado, si he nacido en Madrid o en Tokio, si mis padres se quieren o están divorciados, si soy guapo o feo, si soy un superdotado o uno más del montón, aquella situación que marcó mi vida, el tipo de educación que recibí, si estoy padeciendo una enfermedad genética, si me han robado, si he perdido a un ser querido, mi jefe.

En la primera categoría disfruto de cierta felicidad o placer. Es evidente, yo he elegido vivir esas situaciones. Será porque creo que me reportan satisfacción, ¿verdad…? Centrémonos en la segunda categoría. Elijamos una situación desagradable, por ejemplo la relación con esa persona que me hace la vida imposible. ¿Puedo elegir como quiero vivir esta relación? ¿O, por el contrario, estoy obligado a ser emocionalmente reactivo?

Tengo dos opciones. O me alejo de esa persona (si puedo, o si es conveniente), o por el contrario decido crear un nuevo significado a la relación. La primera opción es la que me pide el cuerpo pero, aunque sea la decisión correcta, necesito urgentemente aprender a tratar con personas… “difíciles” (al menos para mí). Dos son los motivos: uno, porque en algún momento, inevitablemente, tropezaré con alguna de ellas y dos, porque la capacidad de adaptación es un rasgo clave de una persona con carácter.

En cualquier caso, respondo a la pregunta anterior. ¡Si! Puedo elegir como quiero vivir cualquier relación; la que sea. Puedo liberarme del sometimiento y dominio de cualquier persona. ¡Si! Es posible, pero hay que recorrer un camino:

  • Primer paso. Reconozco la realidad tal y como la “veo”. Es verdad que esa persona quiere fastidiarme, es verdad que solo piensa en sí misma, es verdad que es incompetente,… Es verdad, no lo puedo negar, los hechos lo demuestran. Así es como lo veo.
  • Segundo paso. Supero el plano de lo que “veo”. ¿Qué hay detrás de su comportamiento? Una consideración previa: detrás de cualquier comportamiento, por más inmoral que parezca, existe siempre una intención “positiva”; es decir, un deseo de solucionar mi problema tal y como yo “creo” que debe solucionarse. Las limitaciones cognitivas (provocadas por causas orgánicas o electroquímicas) y los “mapas” defectuosos (diseñados con interpretaciones de experiencias del pasado) son, por regla general, las causas que provocan soluciones no deseadas o destructivas. Descubrir qué hay detrás del comportamiento ajeno me permite empezar a comprender, (no justificar), a las personas que quieren hacerme la vida imposible. Es el primer paso hacia la longanimidad. El primer cambio perceptivo para ver a las personas con misericordia y clemencia. Por regla general, son personas que sufren como consecuencia de mentes “enfermas”.
  • Tercer paso. Identifico mi ego y atenuó su poder. Una vez que hemos comprendido, o al menos intuido, las razones últimas que mueven la conducta de esa persona, el siguiente paso tiene que ver conmigo. Con mi ego. Eliminarlo sería magnífico. Por ahora me conformo con debilitarlo. El ego es una fantasía que nada tiene que ver mi verdadero yo. Una mentira que ahoga mi auténtica identidad. Todo empieza en una conciencia mal formada. Una conciencia irreflexiva, meramente instintiva. Ésta se encarga de crear una imagen distorsionada de la persona que soy hasta el punto de confundir quien creo que soy con quien soy realmente. Como consecuencia, mis conflictos internos, muy a menudo, se centran en la defensa de aquellas agresiones que atentan contra mi ego. Pero mi ego nada tiene que ver conmigo. Es un espectro creado por mi. Lo nocivo es que… soy su esclavo. Pero, cuando consigo desapropiarme de mi ego, entonces comienza la liberación. Siento como, aquellas palabras que antes me herían, ahora no me afectan. ¡No van dirigidas a mí! Él otro cree que me hace daño. Se equivoca. No es a mí a quién agrede. Sus palabras atraviesan una sombra. Las cadenas están rotas. Yo estoy en paz.
  • Cuarto paso. Actualizo el significado de la realidad. Ahora, sí. Después de explorar la realidad, después de desvelar comportamientos propios y ajenos llega el momento de tomar una decisión: ¡Quiero vivir la relación con esta persona de una forma nueva! Su comportamiento me influye, pero yo soy más fuerte. Proyecta su “dolor” sobre mí, pero no me contagia. Me dispara, pero no me alcanza. Quiere derribar mi fachada, pero ignora mi edificio interior. Le veo débil, frágil… ¿Cuál es su historia? ¿Qué decisiones le ha llevado a ser la persona que es? ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiera tocado vivir exactamente sus mismas circunstancias? No lo sabe, pero… quisiera perdonarle. Aunque solo sea para triturar la losa de mi resentimiento. ¿Podría hacer algo por él? ¿Podría ayudarle a restituir la paz que ha perdido? ¿Sería una quimera llegar a ser amigos? Tal vez… ¿Algún día?

Estos cuatro pasos facilitan un cambio perceptivo sobre quien es el otro y quien soy yo. Pero, para que funcione hacen falta dos condiciones:

  • Primera condición. Es una verdadera decisión. No hay vuelta atrás: dejo de ser víctima para tomar la iniciativa y marcar el sentido que quiero dar a la relación.
  • Segunda condición. Acepto este proceso, como un ejercicio emocionalmente intenso que supone coraje y determinación. Desconozco como mi nueva actitud afectará a la otra persona; eso es impredecible. Al final, lo que importa es mi crecimiento. Lo que importa es vivir en sintonía con mis valores más preciados. Aunque alguien quiera oscurecer mi vida con nubarrones negros, un fuego ardiente difunde una luz poderosa dentro de mí. Ninguna persona tiene poder sobre mí Soy libre para amar cualquier acontecimiento de mi vida. Nadie puede robar mi alegría. Soy libre para disfrutar de la vida. De toda la vida.

El payaso de mi calendario recorrió este camino. No fue fácil, pero ahora no se resiste ante las situaciones; no rechaza a las personas, no se queja. Él puso en pie su libertad y eligió actuar con un gran propósito: “querer aquello que se hace”.