El otro día un amigo coreano nos contó esta curiosa historia:

“Un grupo de pescadores capturaron en un recóndito lugar del Océano Pacífico un montón de peces tropicales de exuberantes colores. Entusiasmados pensaron que podían ganar mucho dinero vendiéndolos en la ciudad. Los metieron en un contenedor exclusivo, separado del resto de peces y con alimento para toda la travesía. Al llegar a puerto abrieron el contenedor y… ¡Sorpresa! Los peces de exuberantes colores estaban… ¡Muertos! Pensaron que la comida no había sido suficiente para tan largo viaje, así que, tiempo después, volvieron de nuevo con otro cargamento de peces de exuberantes colores. Esta vez alimentados a conciencia. Abrieron el contenedor… ¡Muertos, otra vez! Hicieron numerosos viajes, cambiaron los contenedores, mejoraron la comida, las circunstancias del viaje, pero siempre llegaban… ¡Muertos! Una y otra vez. Fue un anciano y veterano pescador quien les dijo: “Cuando recojáis los peces de colores debéis sumergir un pulpo dentro del contenedor”. Desconcertados y escépticos, sin saber que más podían hacer, decidieron seguir el consejo del desconocido emprendiendo por última vez la travesía hacía aquel recóndito lugar. Semanas después el barco volvió, abrieron el contenedor y…

¡Allí estaban todos los peces de exuberantes colores!… ¡Vivos! Y el pulpo, también”.

Reconozco que, mientras escribo estas líneas, me encuentro en uno de esos “contenedores” sin “pulpo” gozando de unos días de vacaciones en un pequeño y perdido pueblo de la provincia de Burgos. Me encuentro en una casa estupenda con todas las comodidades de las que puedo disfrutar. Mientras media España se sofoca de calor yo disfruto de una temperatura perfecta. Mis hijos y mi mujer me acompañan. Los agobios del tráfico de Madrid están lejos. Las preocupaciones se difuminan. Para mí, sin duda, podría ser una vida perfecta, pero… ¿Durante cuanto tiempo?

¿Deseo, sinceramente, que sean así todos los días de mi vida?¿Cómo sueño mi vida? ¿Como un contenedor en el que todo sea güay, con buena comida y buena bebida…? ¿Un lugar cómodo donde todo esté a mano, sin los “pulpos” de los problemas, sin “pulpos” pelmazos; sólo con “peces” güays como yo?

¿Cuándo voy a tomar la decisión de vivir de acuerdo a mis valores?¿Cuándo desaparezcan los “pulpos” de mi vida…? ¿Cuándo se diluya el “pulpo” de esa circunstancia que me bloquea? ¿O quizás cuándo se evapore el “pulpo” de esa persona que me hace la vida imposible? ¿O cuándo me cure del “pulpo” de la enfermedad? ¿O cuándo desaparezca el “pulpo” de la falta de recursos?

¿En qué mercado quiero iniciar mi negocio? ¿En uno en el que no exista el “pulpo” de la competencia? ¿Un mercado en el que nadie me obligue a lidiar con el pulpo del “cambio”? ¿Un mercado liberado del “pulpo” del riesgo y la incertidumbre?

Estas inquietudes se agitan desde la creencia falsa, por engañosa e inútil, que revela la siguiente declaración: para ser feliz necesito condiciones perfectas. Dicho de otra forma: mi felicidad necesita de la ausencia de “pulpos”. Por el contrario, la historia de nuestro amigo nos muestra que los pulpos no son, necesariamente, un obstáculo insalvable o una amenaza fatal. Es lo que les sucedió a los peces del contenedor. ¿Cuál fue el secreto que les permitió llegar vivos? ¡El pulpo! ¡El pulpo los mantenía vivos porque, más que una amenaza real, era un estímulo para vivir!

La vida sin “pulpos” es una ficción; los “pulpos” forman parte inevitable de la vida. De hecho, puedo convertir todos los “pulpos” que merodean por mi vida en amistosos aliados, en los apremios providentes que necesito para crecer.

Tengo la íntima convicción de que la vida no está hecha para el descanso; la vida está hecha, esencialmente, para crecer; para estirar el alma. No quiero la vida para aspirar al mejor acomodo. Quiero la vida para romper mis barreras y superar los obstáculos del camino. Por eso, renuncio a vivir en ese perpetuo “contenedor” sin “pulpos” donde todo es seguro, confortable y previsible.