¡Fueron setenta días! Setenta largos días alimentados por la esperanza. Porque ese fue su verdadero alimento, la esperanza. Así lo entendieron sus compatriotas al bautizar con este nombre el campamento que les mantuvo con vida. Cada contacto con los mineros era un contacto que alimentaba la esperanza: la llegada de la sonda, el papel que confirmó que estaban con vida, las medicinas, los vídeos de uno y otro lado… Todo alimentaba la creencia, más allá de toda duda, de que había una posibilidad cierta de salir con vida de las entrañas de la tierra.

La esperanza; la creencia que moviliza todas mis capacidades. Por eso trabajo duro, porque espero obtener una recompensa. Por eso enfrento los obstáculos, porque espero ver una luz. Por eso no desfallezco en el camino, porque espero llegar a mi destino…

La clave decisiva está en alimentar la esperanza. Es posible que alguien nos diga con cierta melancolía: “Si, pero en mi caso hace tiempo que la esperanza murió”. Y no me cabe la menor duda; seguro que murió. Pero se murió… ¡de hambre!