astronautaOrtega y Gasset, refiriéndose a la vida humana, expuso su pensamiento con la célebre cita: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Pero, lo que muchos desconocen, es que la frase continúa y se completa: “…  y si no la salvo a ella no me salvo yo”. De esta reflexión se desprende la importancia decisiva de la ACCIÓN como una propiedad esencial de la naturaleza humana concebida para resolver los problemas de la vida.

Expresiones comunes como: “hacer que las cosas pasen”, “convertir los sueños en realidades”, “quemar las naves”, “cruzar el Rubicón” y otras muchas, revelan el deseo íntimo de la persona por transformar sus circunstancias. Más aún, las acciones que ejecuto hablan de mí; explican quien soy, cuales son mis intenciones y lo que es más asombroso… ¡me transforman! Porque mi ACCIÓN no solo modifica mis circunstancias, también revierte sobre mí y lo percibo: ¿me alegro por mis éxitos o me frustro por mis fracasos?, ¿persisto o cambio de actividad?, ¿me ilusiono o me deprimo?; son los efectos derivados del laberinto interior del ser humano.

La tarea de la Inteligencia Ejecutiva consiste en integrar y potenciar las capacidades de la persona en la Acción Humana.

Para ello hay que recorrer un viaje y pagar un precio. El viaje lleva toda la vida y el precio es consecuencia del valor que ponga a mi vida y, por tanto, de la audacia de preguntar, del coraje de responder y la determinación de actuar. ¿Por qué mi comportamiento no se ajusta siempre a mis valores? ¿Qué son las emociones? ¿Están al servicio de mis propósitos? ¿Son un obstáculo recurrente? ¿Puedo intensificarlas? ¿Puedo atenuarlas? ¿Qué son las creencias? ¿Puedo modificarlas? ¿Realmente puedo…? ¿Cómo funciona mi cerebro? ¿Cuál es la interconexión que existe entre pensamiento, fisiología y emoción? ¿Cómo descifrar las claves de mi comportamiento?
¿Qué determina mi vida: mis circunstancias o lo que interpreto sobre el significado de mis circunstancias? ¿Por qué, ante un mismo acontecimiento, dos personas lo viven de forma distinta? ¿A través de qué mecanismos interpreto la realidad? ¿Cuáles son los obstáculos a un pensamiento racional? ¿Sobre qué se fundan los prejuicios? ¿Qué es el efecto Pygmalión o cómo me afectan mis expectativas? ¿Cuáles son las influencias más significativas en el camino que va de la visión a la acción, de la imaginación a la realidad, de los sueños a los hechos? ¿Me interesan sinceramente las personas? ¿Creo lazos genuinos o postizos? ¿Cómo conecto con las personas? ¿Qué respuesta obtengo de los demás? ¿Cómo me siento trabajando en equipo? ¿Cuál es la calidad de mis relaciones? ¿Cómo resuelvo mis conflictos cotidianos con otras personas? ¿Cómo puedo alentar a alguien si yo no se gestionar mis derrotas? ¿Cómo puedo pedir que otros perseveren si soy incapaz de perseverar en los momentos difíciles? ¿Cómo puedo transmitir convicción a mis colaboradores si no creo en mí mismo? ¿Cómo puedo respetar a las personas si no me respeto a mí mismo? Si imagino mi vida como un relato o una película… ¿Cual sería el mensaje? Mi historia personal… ¿Qué aportaría de significativo? En definitiva ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Lo estoy haciendo de forma deliberadamente consciente?

Las respuestas a todo este conjunto de preguntas suponen la construcción o reconstrucción de la persona y, como consecuencia, también de nuestras organizaciones, porque como describe Ken Robinson, “las organizaciones no son mecanismos ni las personas son piezas. Las personas tienen valores y sentimientos, percepciones, opiniones, motivaciones y una historia propia; los dientes y los piñones, no”. Si queremos crear grandes organizaciones: brillantes, innovadoras, poderosas,… necesitamos grandes personas. Esta es la clave: poner el foco en la pasión del ser humano más que en sus aptitudes.

La INTELIGENCIA EJECUTIVA reconoce, alinea y acrecienta nuestro mundo cognitivo, emocional y ético, para proyectarlo, como una fuerza creativa, en cada una de las acciones que emprendemos. Un impacto tan arrollador produce, literalmente, la transformación del mundo en que vivimos.